jueves, 22 de noviembre de 2012

LAS MUJERES DE FELIPE II, EL REY PRUDENTE


Cerebral, fanático, encerrado en sí mismo. Son las palabras que en muchas ocasiones se utilizan para definir a Felipe II, el rey en cuyo imperio no se ponía el sol, y sin embargo, este monarca fue también un hombre culto y sensible, que creció rodeado de mujeres, en las que confió incluso para convertirlas en regentes.
Descubrir esta cara oculta del poder en su obra Las mujeres de Felipe II le ha valido a la historiadora María Pilar Queralt el IX Premio Algaba de Biografía, Autobiografía, Memorias e Investigaciones Históricas (dotado con 24.000 euros) convocado por  Ámbito Cultural de El Corte Inglés y Editorial EDAF.
"De Felipe II ha trascendido fundamentalmente la imagen de los últimos años, sobrio, casi un asceta. Pero el anterior es el gran desconocido, que es el Felipe II joven, que es galán, apasionado, al que se le conocen amores prohibidos y por su tercera mujer; padre entregado, hijo amantísimo", ha relatado Queralt.
Un Felipe II que ya, desde niño, creció apegado a una madre, la emperatriz Isabel, que le educó durante las largas ausencias del emperador, con el que apenas tuvo contacto en sus primeros años de vida y al que percibía casi como un extraño.
"Su madre fue su mayor influencia", ha subrayado Queralt, "fue quizás la mujer de su vida, la que más huella dejó en su forma de ser". La emperatriz no sólo fue regente mientras el emperador Carlos se encontraba fuera de España, sino que se ocupó personalmente de la educación del joven Felipe, que por entonces era un niño de naturaleza débil, con el que pasaba muchas horas.

AMIGO DE SUS HERMANAS
Una relación también estrecha y de genuina amistad es lo que le unió a sus hermanas, Juana y María, con las que compartió "una gran complicidad que no se rompió ni con las ausencias al transcurrir de los años".
Con María apenas se llevaba unos meses, por lo que tuvo con ella una gran sintonía. Tras quedarse viuda de Maximiliano de Austria volvió a Madrid al abrigo de su hermano. Su hermana Juana, que se casó con el rey Juan Manuel de Portugal, fue una mujer de profunda religiosidad que fundó el Convento de las Descalzas, donde habían nacido ambas hermanas, ya que fue residencia real.

CUATRO ESPOSAS, CUATRO DESTINOS
La vida amorosa del monarca estuvo repleta de emociones ya que disfrutó tanto del amor de una esposa como de las mieles de lo prohibido y ofreció a las mujeres que compartieron su vida tanto devoción como venganza.
Sus cuatro matrimonios fueron concertados por razones de Estado porque el amor no entraba en la ecuación y sin embargo, fueron uniones diferentes. Su primera esposa fue María Manuela de Portugal, supuso la unión con la corona portuguesa. Con ella mantuvo una breve relación en la que el desapego se impuso al cariño. Murió tras dar a luz al desdichado infante Carlos.
Su segunda mujer, María Tudor fue el intento de alianza con los eternos enemigos albiones. La inglesa, que por entonces era mucho mayor que el joven Felipe, se enamoró perdidamente del galante rey, y su pasión no correspondida fue tal que incluso padeció dos embarazos psicológicos por su ansia de darle un hijo.
María Tudor murió en 1558, año en que también Felipe se quedaría huérfano, tras la muerte de su padre que falleció al contraer paludismo. Es entonces cuando decide construir El Escorial, donde pretende reunir todos los saberes conocidos hasta ese momento.
Será su tercera esposa, Isabel de Valois, la "reina de la paz" la que devuelva al rey la alegría de vivir. Será su esposa más amada, la desposa siendo apenas una niña, y su alegría y su gusto por las fiestas hacen volver al monarca a su época juvenil. "Le devolvió la juventud. El rey había crecido muy deprisa y con ella recupera unos momentos que no había vivido. Da un toque de frivolidad a su vida", relata Queralt. Con ella, además, tendrá a sus dos queridas hijas, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela.
Su muerte, en 1568 deja al monarca sumido en la tristeza, porque ese mismo año también el infante Carlos, a quien había tenido que encerrar por su traición y sus problemas psicológicos, fallece. La imperiosa necesidad de buscar un heredero le lleva a fijar los ojos en Ana de Austria, que además de ser 20 años menor, era sobrina y prima por lo que es necesaria una dispensa especial.
Con ella conocerá la estabilidad emocional y un amor tranquilo, y encontrará la madre ideal para cuidar de sus pequeñas hijas. De los vástagos que tuvieron, sólo sobreviviría Carlos, quien reinaría con el nombre de Felipe III, y al que curiosamente el rey Prudente nunca vio preparado para este cometido. Cuando murió Ana, en 1580, Felipe II aún hizo un nuevo intento de contraer matrimonio con su sobrina Margarita, pero ante su negativa, no volvió a intentarlo.

 
AMANTE APASIONADO y ¿VENGATIVO?
Pero fue Felipe II, contrariamente a lo que se pudiera pensar, un hombre también prolífico en amoríos. De entre los nombres de las mujeres que compartieron su alcoba, dos brillan con luz propia: Isabel de Osorio y Ana de Mendoza, princesa de Éboli.
Con Isabel de Osorio mantuvo una larga e intermitente relación a lo largo de 15 años y se dice, incluso, que tuvo con ella un hijo. Tras finalizar su relación, el rey le dona un hermoso palacio, el de  Saldañuela, en un pueblo burgalés, en un terreno en que ella 'reinará' levantando las iras de sus vecinos. "Tanto la odiaban", cuenta Queralt, "que al palacio le llamaron la casa de la puta del rey". Sin embargo, Osorio vivió allí retirada y sin ninguna relación conocida, y a su muerte fue enterrada en la iglesia del pueblo que ella misma fundó.  
Sin embargo, es su relación con Ana de Mendoza, la bella, inteligente y ambiciosa princesa de Éboli, la que más ríos de tinta ha hecho correr, a pesar de que quizás no fue de las más relevantes. Pero el morbo y el misterio es mucho, por el cruel castigo que le propinó por su traición en el caso de Antonio Pérez, ya que acabó por despojarla de sus derechos y encerrarla en el Palacio Ducal de Pastrana, privada de libertad y con el permiso de salir al balcón sólo durante una hora al día.
"Fue la depositaria de la venganza que el rey quería ejercer sobre Antonio Pérez. Como escapa a Francia y ella es su amante o por lo menos, cómplice, recibe todo el castigo. Más que un rasgo de pasión no correspondida es una reacción a la impotencia del rey", explica Queralt.


LAS NIÑAS DE SUS OJOS
Y si amó con pasión a sus mujeres, otro tanto ocurrió con sus hijas, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. "Era en lenguaje actual, un padrazo", define Queralt. Isabel Clara Eugenia, que sería 'infante' al convertirse en la primogénita tras la muerte de Carlos,  fue para Felipe II "compañera fiel y secretaria, estuvo con él hasta su muerte".
Hasta tal punto confiaba en ella que "llegaba a sustituirle delante de sus ministros cuando ya estaba muy enfermo". Y sólo entonces, al final de su vida, se dio cuenta el monarca de la necesidad de casarla. No se desposaría Isabel en vida de su padre, sino en 1599, con el archiduque Alberto de Austria.
Precisamente, tras el matrimonio de Catalina Micaela con Carlos I de Saboya, se produce una anécdota que refleja el sentimiento de un padre que sabe que muy posiblemente no volverá a ver a su niña. "La separación es traumática. Se despide de ella en Barcelona y sigue el camino del barco hasta que ya no lo ve, va moviéndose él por la costa para seguir divisando el barco que se lleva a su hija", cuenta Queralt.
Un monarca contradictorio, capaz de ser al mismo tiempo defensor de la fe y supersticioso. Poderoso y temible, pero también azotado por las desdichas y temeroso de los años acabados en 8, que traían para él grandes desgracias. Un rey orgulloso de su imperio, por el que luchó, pero ante todo un hombre.


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