miércoles, 1 de julio de 2015

¿Por qué no se debe volcar el salero?


     Según informes que proceden de la Baja Edad Media y posteriores, en la ciudad de León se guardaba el salero que se utilizó en la Última Cena, la que celebró Jesucristo con sus apóstoles en la misma noche que fue detenido. Este objeto era una escudilla (pequeña pieza ahuecada que permitiese meter los dedos para coger la sal) elaborada en calcedonia, una clase de cuarzo con vetas que le dan una gran vistosidad a esta piedra. De este mismo mineral es el cuenco del Santo Grial que se guarda en la catedral de Valencia, y que según la tradición es el que utilizó Jesús para bendecir el vino (aunque en todo caso, sería solo el mencionado cuenco, puesto que el resto de la estructura de la copa es medieval. De todas formas, no entraré ahora en este asunto). Respecto al salero, se le perdió la pista después de la entrada de las tropas napoleónicas en León, durante la guerra de la Independencia en el siglo XIX.

     En la famosa pintura de Leonardo da Vinci “La última cena” que podemos contemplar en el refectorio (comedor) de un convento de Milán: Judas con su brazo derecho vuelca sin querer el salero, y la sal que contenía queda derramada encima de la mesa. Constancia histórica de que esto ocurriera no tenemos, pero el hecho de que Leonardo pintara esta acción no es fortuito. Hay que recordar que Jesús les dice a sus apóstoles que ellos son la sal de la tierra, y que derramada no sirve de nada. No es casualidad que al agua bendita se le eche sal. El simbolismo de este mineral es muy importante para la religión cristiana.

     El producto de la sal era muy valorado en el mundo antiguo y medieval, ya que le permitía, ante la falta de otros medios como los actuales, conservar los alimentos. Los soldados romanos, por ejemplo, cobran en ocasiones su paga en este producto, e incluso en la Edad Media se usaba como medio de pago. Precisamente, la palabra salario proviene de sal. No poseerla solo te traería desgracias, al no poder garantizarte provisiones para el futuro. Su desperdicio era suicida y, hasta era lógico pensar, que derramar algo tan valioso te traería mala suerte.

     Con lo escrito hasta ahora, podemos entender mejor la creencia supersticiosa de que volcar el salero y derramar su contenido traería mala ventura a la persona implicada. Aunque, evidentemente, sea un acto involuntario al igual que le ocurrió a Judas. ¿Qué podemos hacer ante semejante desgracia? Hay, al menos, una solución: echar un poco de sal hacia atrás por encima del hombro izquierdo; y ¿por qué por el hombro izquierdo? Porque es justo ahí, detrás de nosotros en nuestra parte izquierda, donde se encuentra el diablo para tentarnos según una vieja tradición popular. Así que, con nuestro gesto, sin darnos cuenta, le echaríamos directamente la sal al demonio en la cara, acción que no le debe de agradar, por lo que se nos compensaría liberándonos del castigo que conlleva derramar este producto.

     Volviendo al principio de estas líneas, no podía ser otro comensal el autor de semejante acción. Solo podía ser Judas Iscariote, que con su traición, materializada al vender a su Maestro perdió su condición de apóstol, y al derramar el contenido del salero ya no podía ser “la sal de la tierra”, es decir, la que haría surgir el cristianismo.

Nota: debido al deterioro actual que presenta “La última cena” de Leonardo, podemos ver mejor este hecho en un mosaico del siglo XIX que reproduce esta pintura, elaborado por Giacomo Raffaelli en una iglesia de Viena. El nombre de Judas y el óvalo rojo es una indicación mía. También se puede ver que lleva la bolsa de las monedas que le pagaron por su traición en la mano, entonces no existían sobres como ahora.
    Ramón Rodríguez Campillo

La Semana Santa ¿a fecha fija?


     No sé el motivo que le ha llevado al Papa Francisco a declarar hace unos días (espero que no haya sido el calor del pasado mes de junio), que si no se establecía una fecha fija para la Semana Santa, en cuestión de unos sesenta años terminaríamos celebrándola en el mes de agosto. Supongo, que esta afirmación atribuida al Sumo Pontífice debe ser cierta, y no una mala interpretación de la prensa, porque la he leído en diferentes medios de comunicación y todos coinciden en la misma frase. Para que esto tuviera lugar, tendría que producirse un cataclismo a escala planetaria, e incluso del sistema solar; algo no previsto por ninguna autoridad científica actual. Por otra parte, desde hace millones de años los solsticios y equinoccios vienen dándose en la misma fecha que todos conocemos, y no hay ningún indicio que nos lleve a pensar que este asunto va a cambiar.

     Entiendo, que Francisco quiera llegar a un acuerdo con las distintas iglesias ortodoxas para celebrar esta Semana de Pasión y Gloria en las mismas fechas, pero de ahí, a decir lo que ha dicho, hay un largo trecho. Ya que puede resultar curioso, que cuando los católicos celebran la resurrección del Señor, para los ortodoxos, todavía estaba predicando y ni si quiera se había dictado una orden de detención contra Él. La explicación a esta insólita situación se remonta al siglo XVI, cuando el Papa Gregorio decidió unilateralmente adelantar el calendario juliano diez días, precisamente para evitar un desfase en las estaciones. Y alguna pequeña modificación más. La iglesia Ortodoxa no aceptó esta reforma y siguió sus ritos litúrgicos celebrándolos de acuerdo al antiguo calendario, por lo que actualmente, el desfase es de once días. Así que, sus principales y más conocidas celebraciones ocurren con once días de retraso con respecto a la iglesia Católica. No obstante, hay que advertir que en todo lo demás los ortodoxos siguen nuestro calendario, que es internacional.

     El hecho de que la Semana Santa cambie de fecha todos los años, se debe a que se elige el primer domingo de luna llena después del equinoccio de primavera (que cae alrededor del 21 de marzo) cómo día de la Resurrección del Señor (Domingo de Pascua). Era la única festividad religiosa que celebraban los cristianos en los tres primeros siglos de su existencia. Fue el Concilio de Nicea en el año 325 el que estableció la fecha en que se debía celebrar la Semana Santa, tomando como referencia la Pascua judía que, como todos sabemos, conmemoró Jesús en la Última Cena, poco antes de ser detenido, martirizado y crucificado en el penúltimo día de la semana hebrea, que concluía en el Sabbat (el sábado), su jornada más señalada. A los primeros cristianos no les hubiese gustado coincidir con dicha celebración, pero les fue inevitable. Luego, el Domingo de Pascua sobreviene en un paréntesis de 35 días, entre el 22 de marzo y el 25 de abril, contados ambos.

     Por último, estaría bien que todos los cristianos celebraran la semana más importante de su calendario litúrgico al mismo tiempo pero, que a la vez, conservara la estrecha relación que la vincula a la Pascua judía en la que festejaban su salida de Egipto y el fin de la esclavitud en ese país. De esta manera, no habría contradicción alguna entre tradición religiosa y rigor histórico.
    Ramón Rodríguez Campillo