jueves, 17 de diciembre de 2015

¿Cuándo nació Jesús?

    
      Han sido muchas las críticas que se han hecho de la religión cristiana por no poder ofrecer una fecha concreta sobre el nacimiento de su fundador. Ni los primeros cristianos lo sabían, ni los actuales tampoco, ya que los documentos de los que disponemos, especialmente los evangelios canónicos, no lo dicen. Además, solo los atribuidos a Mateo y Lucas hablan de su nacimiento e infancia brevemente, mientras que los otros dos guardan silencio. Más que en el año del nacimiento, en esta entrada me centraré en el día de la natividad de Cristo. No obstante, sobre la primera cuestión tampoco sabemos nada, e incluso es contradictorio lo que podemos deducir de los dos evangelios citados, pues mientras Mateo confirma que Herodes estaba vivo cuando se produjo el nacimiento de Jesús, y sabemos que este rey muere el año 4 antes de J.C., podemos deducir que, al menos, nació 4 años antes de lo que se dice. Pero si nos atenemos a lo que escribe Lucas, tendríamos que situar el alumbramiento en el año 7 después de J.C., ya que nos habla de un censo que realizaron los romanos ordenado por  Octavio Augusto, siendo gobernador de Siria Cirino, y que podemos situar en esta fecha según el historiador judío Flavio Josefo. Fue este el motivo, siguiendo a Lucas, por el que la Virgen y San José se trasladaron a Belén para inscribirse. En esta pequeña localidad se le cumplieron los días a María, dando a luz al niño Jesús. El motivo de situar el nacimiento de Cristo en el año 1 de nuestro calendario, se debió pues, a un error, cometido en el año 525 por el monje Dionisio El Exiguo, que realizó los cálculos para pasar del calendario romano al cristiano, es decir, comenzar a contar los años desde el nacimiento de Cristo y no desde la fundación de Roma. En otra entrada de este blog, titulada: “El calendario Gregoriano: nuestro calendario” se tratan asuntos relacionados con este tema.
     Respecto al día de la natividad, estamos tan perdidos como en el año, aún tenemos menos información si cabe. Lucas, habla de que había pastores en el campo durmiendo al raso, que fueron los primeros en ir a adorarle, lo que descartaría una fecha invernal. Por otra parte, los romanos no iban a escoger los días de invierno, que eran los más cortos, fríos y desapacibles del año para celebrar un censo en el que la gente se tenía que desplazar con sus escasos medios para ir a apuntarse. La primavera y el verano parecen fechas más convenientes. Por lo tanto, el 25 de diciembre no tiene una base histórica. No obstante, los primeros cristianos no mostraron una gran preocupación por esta cuestión, pues lo que más les interesaba a ellos, eran las enseñanzas de su Maestro y, sobre todo, su muerte, pasión y posterior resurrección.
     En los siglos II y III se propusieron diversos momentos para celebrar el nacimiento del Salvador, pero no fue hasta la primera mitad del siglo IV, cuando aparece la fecha que celebramos en la actualidad. ¿Qué les llevó a los cristianos a proponer el 25 de diciembre cómo el día del nacimiento de Jesús? También se ha discutido hasta la saciedad esta cuestión. La respuesta más repetida es que tomaron una festividad pagana muy arraigada en el Imperio romano, pues se celebraba el culto al Sol Invicto, o el culto al dios Mitra que era una antigua divinidad irania que se identificaba con el Sol y sus seguidores lo recordaban en el solsticio de invierno, en el que los días empezaban a ganarle terreno a las noches. Por lo tanto, a los cristianos se les ha acusado de apropiarse de una fiesta que no era la suya y de la consiguiente falta de originalidad, ya que se limitaron a dotar de un nuevo significado a una festividad romana perfectamente arraigada.
     Sigamos. ¿Podrían ser otros motivos los que llevaron a estos primeros cristianos a escoger este día para el nacimiento de su Señor? Muy probablemente. Había una creencia generalizada en el mundo judío de esta época que pasó a los cristianos de los siglos II y III, que en esencia suponían, que la concepción de los grandes profetas tuvo lugar el mismo día del año en el que morían, es decir, que si Jesucristo fue crucificado el 25 de marzo, como pensaban los cristianos occidentales, ese fue el día de su concepción, luego nació nueve meses más tarde, lo que nos lleva directamente al 25 de diciembre*. Mientras que en la parte oriental del Imperio, sostenían que fue el 6 de abril cuando fue crucificado, lo que les llevó al 6 de enero para celebrar la navidad. Con el paso del tiempo esta última fecha cayó en desuso y se impuso el 25 de diciembre. A pesar de ello, todavía hoy, los cristianos armenios celebran la natividad el 6 de enero, pero el mundo cristiano en general estableció el 25 de diciembre como el día de Navidad y el 6 de enero lo reservó para la Adoración de los Reyes (el comienzo de la Epifanía).
     Hay quién ha propuesto que la fiesta pagana del Sol Invicto que se asociaba al solsticio de invierno no se estableció hasta el 274, cuando ya rondaba la idea entre los cristianos expuesta en el párrafo anterior. Sí fue así, la cuestión fue al revés de lo que habitualmente se ha sostenido, o sea, se trató de dar un sentido pagano a una celebración cristiana, en unos momentos en los que se trataba de afianzar al máximo la religión romana. En esta suposición, con bastantes visos de ser cierta, fueron los paganos los que utilizaron una festividad cristiana en su beneficio, y no al contrario, como se creía y se sigue manteniendo hasta hoy.
     Siguiendo al teólogo suizo Hans Küng, carece de importancia que no sepamos precisar la cronología de Jesús con exactitud, que no podamos saber si su predicación duró tres años, uno, o unos pocos y dramáticos meses en Galilea y solo al final en Jerusalén. Lo sorprendente, es que haya modificado el curso de la historia hasta el punto de comenzar a computar los años a partir de Él.

*Esta tesis fue desarrollada por primera vez en la década de 1920 por Louis Marie Olivier Duchesne, filólogo y gran experto en cristianismo primitivo.

     Ramón Rodríguez Campillo

El árbol de Navidad

     De todos es sabido, que el cristianismo ha utilizado muchas tradiciones, fiestas, celebraciones, u otras costumbres paganas romanas, o de otras civilizaciones, y las ha hecho suyas dotándolas de un nuevo simbolismo acorde con la nueva doctrina. Nada que objetar al hecho, de que las distintas culturas se interrelacionan y enriquecen con ello, y la religión cristiana no pudo abstraerse a esta, digamos, “ley universal”. Hay quien aprovecha esta realidad para restar originalidad y credibilidad a la nueva religión, que irá ganando terreno al paganismo del Imperio a partir del siglo III. Bien, el árbol de Navidad encuentra sus raíces en el norte de Europa precristiana a principios de la Edad Media. Pero cuando a este territorio llega la buena nueva religiosa allá por el siglo VII, al árbol navideño se le dota de una nueva simbología por los evangelizadores de estos lugares, conforme a las recientes creencias.
     Para empezar, recordar que en la descripción del  Paraíso terrenal que nos transmite el Génesis, nos habla de la existencia de dos árboles fundamentales en la relación del hombre con Dios: el árbol de la ciencia del bien y de mal, del que le estaba prohibido comer sus frutos al ser humano porque le ocasionaría la muerte y, al lado de éste, el menos conocido árbol de la vida, que le daría la inmortalidad. Como todos sabemos, el hombre eligió mal y comió el fruto del árbol vedado. Es, precisamente al proscrito el que representa el árbol de Navidad, con sus adornos y esferas que recuerdan las manzanas (alegorías de la tentación en la que cayeron Adán y Eva), que se colocaban al principio de esta tradición navideña. Ahora bien, no está todo perdido, ya que las velas con las que se adornaba el árbol y que hoy en día han sido sustituidas por bombillas, simbolizan la luz redentora y salvífica de Cristo, que vino a iluminar al Mundo como nos recuerda el evangelio de San Juan. La estrella de Belén que colocamos en su parte superior, es la misma que guio a los Reyes Magos en su búsqueda del Mesías, igual que nos debe de guiar a nosotros ahora. Además, los lazos que la gente suele colocar en sus abetos o pinos navideños simbolizan la unión de la familia cristiana, especialmente, en estas fechas que conmemoran el nacimiento de Cristo. Profundizando un poco más en el simbolismo de esta tradición, se podría añadir que la forma triangular que presentan estas plantas coníferas simbolizaría el misterio de la Santísima Trinidad; y el verdor duradero de sus hojas perennes nos conduciría a relacionar este hecho con la vida eterna.
     Por último, papas como Juan Pablo II, o el mismo Benedicto XVI, hicieron durante sus pontificados declaraciones elogiosas sobre la utilización del árbol de Navidad por parte de los cristianos de todo el Mundo, a pesar de las reticencias que muchos religiosos muestran a este adorno por considerarlo pagano, o poco católico. Solo hay que ver el enorme árbol que coloca el Vaticano todos los años en la plaza de San Pedro por esas fechas.

      Ramón Rodríguez Campillo

El BELÉN DE SALZILLO

     
     Fue realizado por Francisco Salzillo para el noble murciano Jesualdo Riquelme y Fontes. Pasó a ser propiedad de la Marquesa de Salinas y después del Marqués de Corvera, hasta que, finalmente, fue adquirido por el Estado español en 1915 por una cantidad de veintisiete mil pesetas de la época, encontrándose en la actualidad en el Museo que conserva las obras del escultor en la capital de la Región de Murcia. Podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que es el belén más importante y más admirado de España.  
     El padre de Salzillo era napolitano y aunque él nació en Murcia, su progenitor le transmitió el gusto por los belenes que se llevaba en su ciudad de origen, lo cual, convirtió a la capital del Segura en el enclave belenístico español más importante,  introduciéndose estas figurillas en los hogares particulares de los habitantes de esta Región.  El tamaño de las imágenes es de unos treinta centímetros y los materiales que emplea son: la arcilla, principalmente, pero también la madera, cartón, lienzos y telas encoladas. Todas ricamente policromadas, con vivos colores: azules, verdes, rojos, combinados con el dorado del oro, lo que les proporciona una gran vistosidad, preciosismo y lujo, dentro de la tradición del estilo rococó que ya estaba finalizando.

     Como ya señalé al principio, Salzillo no realizó todo el belén, pues murió antes de su terminación, pero dejó unas directrices claras que respetaron los que culminaron su obra, por lo que el conjunto de figuras presenta una gran unidad estilística. De todas ellas, hay quién destaca las imágenes de los ángeles por su elegancia e ingravidez. Está compuesto por 556 personajes y 376 animales (en la actualidad no se conservan todos) y varias maquetas de edificios. Se basó en los Evangelios de San Mateo y San Lucas, que nos informan de la infancia del Señor y así diseñó las distintas escenas que integran el belén: la Anunciación, la aparición del ángel a los pastores, el Nacimiento, los Reyes Magos, la huida a Egipto, etc. Además, nos encontramos con otras escenas de carácter popular, fiel reflejo de las tradiciones de la época, así como animales y aves migratorias habituales de esta zona de España. Podemos observar una gran variedad de tipos humanos contemporáneos al autor, representados todos ellos con un gran naturalismo y con los ropajes específicos que lucían en ese tiempo. Todo esto, nos da una muestra del modo de vida popular de Murcia y sus alrededores a finales del siglo XVIII.
     Como fondos de las distintas escenas que componen esta maravillosa obra, nos encontramos con el palacio del rey Herodes, que refleja nítidamente palacetes de la época. La casa de Isabel, prima de la Virgen, que es una casa típica de la huerta murciana, mientras que la de María es como las viviendas de Murcia de aquellos tiempos. Se escogió un viejo pórtico en ruinas para situar la escena del Nacimiento. Por último, el carpintero encargado de elaborar el templo de Jerusalén, de apellido Carrión, se inspiró, nada menos, que en El Templete de San Pietro in Montorio que el arquitecto del Papa, Bramante, levantó en Roma a principios del XVI, en el lugar donde según la tradición fue martirizado San Pedro.
     Todas las obras de este autor son religiosas. Él era una persona de profundas convicciones espirituales, que trasladó a toda su producción artística, incluido este famoso y monumental belén. Actualmente, Murcia es el principal enclave de producción de belenes artesanos de toda España. La calidad artística de sus figuras salta a la vista. Sólo hay que verlas para comprobarlo.

Nota: la página web que tiene el Museo de Salzillo me ha sido muy útil para elaborar esta entrada.
    Ramón Rodríguez Campillo